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11 de abril de 2016

18 de octubre de 2026
Hace poco, los miembros del Equipo de Impacto Comunitario de la Asociación de Comerciantes de la Zona Este de San Francisco ( Food Bank ) se propusieron averiguar más sobre cómo los cambios en el programa SNAP estaban afectando a nuestros vecinos. Queríamos que los miembros de la comunidad nos contaran directamente qué estaban viviendo, con qué dificultades se topaban y cómo esos cambios estaban afectando a su día a día.
Para ello, hicimos una encuesta y visitamos bancos de alimentos tanto en comunidades urbanas como rurales. Recogimos respuestas, hablamos con los vecinos en persona y dedicamos tiempo a escuchar historias que no siempre se podían plasmar en una casilla de selección o en una respuesta de encuesta.
Lo que empezó como un proyecto de investigación se convirtió rápidamente en algo más personal. A medida que íbamos de comunidad en comunidad, conocimos a gente que se esforzaba al máximo para sacar el máximo partido a unos recursos limitados. Escuchamos las historias de padres, personas mayores, cuidadores, personas con discapacidad y personas que se esforzaban por adaptarse a los cambios en los requisitos mientras intentaban llevar comida a la mesa.
Un vecino nos contó: «Me saltaré comidas para poder dar de comer a mi familia».
Es una afirmación sencilla, pero refleja la realidad a la que se enfrentan muchas personas.
Lo que hemos aprendido hablando
Al principio del proyecto, nos centramos en recopilar información. Queríamos asegurarnos de que hacíamos las preguntas de forma coherente, de que documentábamos las respuestas con precisión y de que recopilábamos datos suficientes para entender mejor la situación.
Pero a medida que avanzaban las conversaciones, quedó claro que las cifras solo contaban una parte de la historia. Para muchos vecinos, la encuesta abrió la puerta a conversaciones que no habían tenido la oportunidad de mantener en ningún otro sitio. La gente hablaba con sinceridad de sus dificultades, frustraciones y preocupaciones. A veces respondían a una pregunta. Otras veces contaban una historia.
En un banco de alimentos de Carson City, un miembro de nuestro equipo habló con dos vecinos con discapacidad. Lo que empezó como una conversación para una encuesta se convirtió en un debate más profundo sobre sus experiencias y las barreras a las que se enfrentaban.
También nos recordó que no siempre podemos ver lo que cada uno lleva consigo. Sus discapacidades no se veían a simple vista, y esa experiencia nos hizo replantearnos nuestras suposiciones, al tiempo que nos enseñó una lección importante: nunca sabemos de verdad por qué está pasando otra persona.
Eso no fue algo exclusivo de una sola conversación. A lo largo de todo el proyecto, nos dimos cuenta una y otra vez de que cada persona que se sentaba con nosotros traía consigo un conjunto diferente de circunstancias, preocupaciones y experiencias.
Muchos vecinos nos contaron las dificultades que tienen con «los requisitos laborales y estar al día con los cambios en los trámites del SNAP y en cómo funciona el programa». Para otros vecinos, el reto se centraba en conseguir la documentación relacionada con una discapacidad; uno de ellos comentó: «Necesito un certificado de mi médico de cabecera que diga que tengo una discapacidad».
Cuando analizamos los resultados de las encuestas, estas experiencias se pueden agrupar fácilmente en una categoría como «barreras administrativas». Pero escuchar directamente a los vecinos nos da una visión más completa. Sobre el papel, lo que puede parecer simplemente rellenar unos formularios a menudo supone estrés adicional, incertidumbre y frustración para quienes ya se enfrentan a circunstancias difíciles.
La inseguridad alimentaria casi nunca es un problema aislado, y los retos a los que se enfrentan los vecinos van más allá de la simple comida
Una cosa que se notaba en casi todas las conversaciones era lo mucho que se relacionaban entre sí los problemas de la gente.
La inseguridad alimentaria solía ser solo una parte de un panorama mucho más amplio. Los vecinos hablaban del transporte, los gastos de vivienda, las responsabilidades del cuidado de familiares, los problemas de salud, las discapacidades, el empleo y el aumento del precio de los productos de primera necesidad. Para muchos hogares, estos retos se solapan y se agravan entre sí.
Algunas de las conversaciones más memorables fueron las de vecinos que cuidaban de sus seres queridos mientras intentaban hacer frente a la pérdida de las ayudas alimentarias o al aumento de los gastos del hogar. Sus historias pusieron de manifiesto lo difícil que puede resultar separar el acceso a la comida de todo lo demás que ocurre en la vida de una persona.
Uno de los participantes nos dijo: «Dependiendo de tu situación, el transporte es lo más difícil a la hora de encontrar y mantener un trabajo, o incluso de conseguir comida».
Ese comentario se nos quedó grabado, sobre todo mientras pasábamos tiempo en comunidades rurales a lo largo del proyecto.
Visitar estas comunidades en persona nos ha dado un contexto importante que los datos por sí solos no siempre pueden reflejar. Puede que, técnicamente, los servicios estén disponibles, pero llegar a ellos puede ser todo un reto. Puede que un recurso exista sobre el papel, pero que siga siendo difícil acceder a él por la distancia, las dificultades de transporte o la disponibilidad limitada.
Esas experiencias reforzaron la importancia de incluir a las comunidades rurales en iniciativas de investigación como esta. Si no se buscan esas perspectivas de forma intencionada, se pueden pasar por alto partes importantes de la historia.
Las decisiones que las familias se ven obligadas a tomar
Muchos vecinos contaron que se veían obligados a hacer concesiones que nadie debería tener que hacer de forma habitual.
Algunos dijeron que compraban menos comida, mientras que otros comentaron que reducían el tamaño de las raciones o que se saltaban comidas directamente. Muchos recurrían cada vez más a los bancos de alimentos y a los programas de comidas para poder llegar a fin de mes.
Varias personas comentaron que tenían que elegir entre comprar comida y otras cosas necesarias. «Nos vemos obligados a saltarnos comidas y comprar menos comida para poder pagar el resto de facturas, o a dar prioridad al pago del alquiler antes que a la comida», dijo uno de los participantes.
Otro explicó los retos que supone cuidar de un niño con necesidades alimentarias específicas:
«Tenemos un hijo con autismo profundo que solo come dos cosas, y normalmente en los supermercados no las tienen, así que tenemos que comprarlas de nuestro propio bolsillo, lo que afecta mucho a nuestro presupuesto».
Historias como estas nos recuerdan que el acceso a la comida no siempre es tan sencillo como tener comida a tu disposición. Cada familia tiene necesidades, problemas de salud, rutinas y circunstancias diferentes que determinan qué es lo que mejor les funciona.
Las historias que no se te olvidan
La investigación suele centrarse en tendencias, patrones y conclusiones, y todo eso es importante. Nos ayudan a entender lo que está pasando en las distintas comunidades e identificar las áreas en las que puede ser necesario ofrecer apoyo.
Al mismo tiempo, es difícil salir de conversaciones como estas sin llevarte algo de ellas contigo. Hubo respuestas a las que nuestro equipo volvió más de una vez. Conversaciones que se nos quedaron grabadas mucho después de que acabara el día.
A medida que el proyecto iba tomando forma y se recopilaban los datos, los miembros del equipo reconocieron comentarios de vecinos a los que habían conocido en persona. Leer esas respuestas nos hizo sentir algo diferente, porque ya no eran solo respuestas a una encuesta. Podíamos recordar las conversaciones que había detrás de ellas.
Podíamos recordar dónde estábamos sentados, de qué se estaba hablando y quién había confiado en nosotros lo suficiente como para compartir su experiencia.
Un vecino nos dijo: «Ojalá alguno de ellos viniera a comer conmigo durante una semana para ver lo que se siente al pasar apuros». Esa perspectiva tiene un peso que es difícil de plasmar del todo solo con datos.
Escuchar conlleva una responsabilidad
Cada vez que alguien decide compartir su historia, esa confianza conlleva una responsabilidad. No queremos que estas experiencias se conviertan simplemente en cifras de un informe. La información que se comparte a través de este proyecto puede ayudar a identificar dónde se necesita apoyo, ya sea para orientar en los trámites del SNAP, mejorar el acceso a los recursos, abordar las dificultades de transporte o reforzar el acceso a la comida y a los servicios.
A lo largo del proyecto, también hubo momentos en los que los miembros del equipo pudieron poner en contacto a los vecinos con recursos que no conocían. Esas conversaciones nos recordaron que la investigación y la atención directa no tienen por qué ir por separado. A veces, simplemente escuchar puede llevar directamente a ayudar.
Las historias que comparten nuestros vecinos también pueden ayudar a aportar experiencias vividas a las conversaciones con los líderes comunitarios, los responsables políticos y otras personas que trabajan para abordar estos retos.
Muchos participantes se mostraron dispuestos a seguir compartiendo sus experiencias. Si se respeta su privacidad, su confidencialidad y sus decisiones, esas voces pueden ayudar a dar forma a los debates sobre los sistemas y programas que les afectan directamente.
Más que un proyecto de investigación
Cuando empezamos este proyecto, nuestro objetivo era entender mejor el impacto de los cambios en el SNAP en nuestras comunidades. Al final, sin duda habíamos aprendido más sobre los retos a los que se enfrentan las personas. Pero también nos quedamos con una mayor apreciación por las personas que hay detrás de esas experiencias y por lo importante que es tomarse el tiempo para escuchar.
Nuestro equipo ganó confianza a la hora de hablar con los miembros de la comunidad, pero, lo que es más importante, aprendimos a escuchar mejor. Aprendimos cuándo hacer otra pregunta, cuándo dar información y cuándo alguien simplemente necesitaba que le escucharan.
Mirando atrás, lo que más destaca no es el número de encuestas que hemos recopilado ni las entrevistas que hemos hecho. Son las personas que hemos conocido por el camino.
Son las conversaciones que surgieron alrededor de las mesas de las despensas. Los vecinos que nos confiaron sus historias personales. Los momentos que nos permitieron comprender mejor los retos a los que se enfrentan muchas familias cada día.
Estamos muy agradecidos a todos los que se han tomado la molestia de participar en este proyecto y compartir sus experiencias con nosotros. Ahora lo importante es asegurarnos de que esas experiencias no se queden solo en la encuesta, sino que nos ayuden a mejorar la forma en que escuchamos, respondemos y apoyamos a nuestras comunidades de cara al futuro.